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jueves, 18 de febrero de 2016

MUÑEQUITOS, ESPINILLAS E ILUSIONES

   Amaury, Vaillant, El Caballo y Condall
se convirtieron en mis referentes.
Yo quería ser, como ellos, director.

   Primera mitad de la década de 1950.
   En mi pueblo natal (Esperanza, a quince kilómetros al oeste de Santa Clara, capital de la provincia de Las Villas) yo vivía esa adolescencia ingenua y tontorrona de los 13/14/15 años, ese período vital complicado y desiquilibrado en que uno cree que se las sabe todas pero en realidad no se sabe ninguna.
   Mi trajín habitual consistía en:
   asistir a clases de bachillerato en el Instituto de Santa Clara,
    pasar el tiempo paseando y hablando mierda con mis amigos,
     ir lo más posible al cine,

      jugar, mal, a la pelota,
       colarme en los ensayos de la orquesta local Casablanca que dirigía el Maestro Augusto Suero,
        escuchar por radio las aventuras de Leonardo Moncada, "El Titán de la Llanura", y los juegos de mi equipo Almendares,
         pajearme,
          reventarme las espinillas que me salían sin cesar en la cara (1),
           disfrutar de los discos 45 r.p.m., en especial los del Benny, que sonaban a todo volumen en las vitrolas de los bares aledaños al Parque Martí,
            engañar a mi madre para que creyera que estudiaba –estudiar no me gustaba en absoluto-,
             perder muchos minutos, en distintos momentos del día, peinándome y repeinándome con vaselina para que mi mota se mantuviera tan erguida como la de Tony Curtis...
              Y, además, tratar de ligar. Pero esto último no sé ni por qué lo menciono porque se me daba fatal; yo era tremendo tímido con las muchachas, nada simpático y bailaba mal. La única que se interesó por mí no era muy agraciada que digamos y yo pasé de ella porque ser novio de una fea se consideraba un demérito en el círculo de amistades juveniles, repletas de machismo y otros absurdos prejuicios, en que yo me movía.

   He dejado fuera, porque merecen mención aparte, mis dos actividades preferidas: leer la prensa y ver la televisión. Las dos, ejercidas sin falta un día sí y otro también, se convirtieron en aficiones, se entrelazaron entre sí y, mire usted por dónde, tuvieron mucho que ver con mi vida posterior.

LA EDAD DE LOS MUÑES
   Permítanme ahora un flashback para ir a mi infancia.

Mi tendencia a leer nació ya de chamita. Tendría apenas cinco años cuando la maestra de primer grado me enseñó que la p con la a era igual a pa. Desde que le cogí el truco a la lectura, me chupaba de cabo a rabo los muñequitos que salían en los suplementos dominicales a color de los periódicos. Los de El País, que leía en casa de mi entrañable abuela postiza Josefina, traían a Tarzán, El Príncipe Valiente, El Fantasma, Dick Tracy y a Mandrake el Mago con su inseparable Lotario. (2) (3)
   Pancho y Ramona, Pedro Harapos y el Tío Remus salían en el Diario de la Marina y Benitín y Eneas en Excelsior.
   Mi padre tenía un amigo comunista, afiliado al Partido Socialista Popular, que me regalaba cada domingo las páginas del Hoy con las aventuras de Superman, Roldán el Temerario, Red Ryder con el indio Castorcito y otros héroes del comic norteamericano. (4)

EL TESORO DE LA JUVENTUD
   A dos puertas de mi hogar de la calle Barnada, vivía un señor mayor que poseía dos cosas que me impresionaban: el raro apellido Jurajuria y la colección completa de “El tesoro de la juventud”, una enciclopedia para niños y adolescentes en cuyos veinte cuidados y hermosos tomos se alternaban curiosidades, leyendas, láminas, maravillas del mundo, biografías, en fin, todo lo que podía saciar la gran curiosidad que yo traje conmigo al nacer, de fábrica.


   Cada tarde, después del baño y con la ropa limpia que mi madre me encasquetaba, el niñito que era yo se iba a casa de mi vecino y, aprovechando su gentileza, me sumergía en las miles de páginas de aquel compendio de saber que era “El Tesoro…”.
   Me producía tanto placer enterarme de lo que allí me enteraba que adquirí para siempre la costumbre de leer, hábito que me abrió las entendederas y me convirtió en un bicho raro dentro del contexto sociocultural esperanceño, pueblerino y hermético, cerrado en sí mismo y poco dado a importarle como latía el planeta más allá de nuestra elevación más notable: la Loma de la Macagua.

   En Esperanza la gente, al menos la que yo conocía, no leía libros. En mi casa no había ninguno excepto los de texto que yo utilizaba para el bachillerato. Mi padre compraba la Bohemia y para eso de vez en cuando, porque la economía familiar no andaba como para gastarse quince quilos cada semana en una revista.

LA LECTURA, UN ALIMENTO
   Leer, además de gustarme, me abría los ojos, me alimentaba. A falta de una biblioteca municipal donde empaparme de lectura, me viré para la prensa. A mis catorce/quince años ya había adquirido la costumbre de dedicar un rato cada día a mi cita con los periódicos y revistas que llegaban al Casino Español, sociedad de instrucción y recreo para blancos a la que el todopoderoso conserje Pepe me permitía acceder porque mi abuelo Antonio Ginori era socio.

   El Mundo, el Diario de la Marina, Información, Prensa Libre, El Crisol, Excelsior, Bohemia, Carteles, Selecciones del Reader’s Digest… Leía de todo. Política nacional e internacional, crónica deportiva, las batallas de la guerra de Corea, las estampas de Eladio Secades, las páginas de espectáculos y las de sucesos, artículos e historias sobre la guerra fría en los que el papel de malo le tocaba a la Unión Soviética, en fin...


   La prensa me mostraba que había vida más allá de los límites de mi aldea, que existían muchísimas cosas interesantes que yo me perdería si más temprano que tarde no escapaba de mi pueblerina cárcel al aire libre, si me quedaba encerrado en aquel estrecho espacio que separaba a la Casa de Socorros del elevado de la Carretera Central.

LA TELE A UN TIN DE ESPERANZA
   He contado en una pieza del blog que titulé “La tele, amor a primera vista”, -accesible si pulsan  A    Q    U    Í - mis primeras experiencias como televidente en casa del gallego Jesús, sentado de frente al primer aparato receptor que hubo en el pueblo.

   Aquellas tardes de impaciencia, a la espera de que en la pantalla aparecieran las débiles e inestables señales de video y audio que procedían de la lejana Habana, pasaron en poco tiempo a la historia cuando los hermanos Mestre, dueños de CMQ-TV, ampliaron su negocio audiovisual para cubrir más territorios de la república y empezó a funcionar una planta emisora de televisión a pocos kilómetros de Santa Clara, que era como decir a un tin de Esperanza.

   En su primera etapa, la torre villaclareña transmitía, filmados en kinescopios, los programas que se habían emitido dos semanas antes en los estudios de CMQ en la capital. Lo ideal hubiese sido verlos en vivo pero nadie le puso peros al asunto. Al contrario, todos los esperanceños nos congratulamos de la notable mejoría en la calidad de la recepción. Ya, en general, la TV se veía y se oía bien en el pueblo. Excepto en los momentos en que el televisor se ponía majadero y las imágenes decidían volverse locas en la pantalla, pasando constantemente de arriba abajo sin que nadie ni nada, ni siquiera un fuerte manotazo sobre el mueble, pudiera tranquilizarlas.


   Pronto el Casino Español y el Liceo decidieron adquirir televisores para cumplir lo que establecían sus estatutos: “complacer la demanda de solaz y esparcimiento de los asociados y sus familiares”. Todas las noches, en sus salones se reunían decenas de espectadores para participar en una ceremonia rodeada por la fantasía.
   Y yo estaba allí, en primera fila, como Juan que se mata, disfrutando de las transmisiones deportivas: la lucha libre de los viernes (con el Chiclayano, la Amenaza Roja, la advertencia al árbitro: "¡la soga, Mingoyo!"...), el boxeo sabatino (con Puppy García, Ciro Moracén, El Niño Valdés...) y la pelota profesional desde el Stadium del Cerro (con los clubes Cienfuegos, Marianao y los eternos rivales: Habana y Almendares).

   Allí, Eugenito embelesado, admirando y saboreando cada detalle de “Cabaret Regalías” (que más tarde pasó a llamarse “Casino de la Alegría”), “Jueves de Partagás”,“Pototo y Filomeno”, “El show de Pepe Biondi”, “El humo del recuerdo”, “Cascabeles Candado” (con Luis Echegoyen haciendo de Mamacusa Alambrito), “Garrido y Piñero”, “Admiral paga”, “Aquí todos hacen de todo” (con su palo ensebado), “El Álbum Philips”… Y de todos, mi preferido, el programa que más me divertía: “El show del mediodía” con Germán Pinelli. (5)
Según un survey realizado en mayo de 1954,
éstos eran los programas más vistos en cada categoría

   Abducido como estaba por el fenómeno de la tele, me interesaba conocer qué ocurría más allá de las pantallas. Así, lo primero que buscaba al abrir un periódico o revista era la información sobre el mundo de la televisión. 
Mis secciones preferidas eran “Tele-Radiolandia”, que escribía Francisco Vergara en Bohemia, “Hit Radial” de Francisco Pita “Pacopé” (Prensa Libre), la de Enrique Núñez Rodríguez en Carteles, y “Radiovisión” de Alberto Giró en Diario de la Marina.

A la izquierda he colocado un artículo, publicado el 1 de septiembre de 1954, que daba cuenta de la puesta en marcha de la nueva planta transmisora situada en Televilla, con una potencia de 100 mil watts y una torre que se elevaba hasta los 715 pies. Desde aquel día, dicha instalación emitió las señales de CMQ-TV, Televisión Nacional Canal 4 y Canal 7. Desde Radiocentro se aconsejó a los televidentes orientar sus antenas hacia Televilla y esto provocó una guerra mediática, una más, entre Goar Mestre y Gaspar Pumarejo ya que esta orientación perjudicaba la recepción de la señal del Canal 2. 

   Más que leyendo, absorbiendo en la prensa las gacetillas pagadas por las televisoras, los anuncios, los chismes, las entrevistas, etc., me fui enterando de cómo funcionaban los canales por dentro y me familiaricé con los nombres de los que salían en pantalla y de los que no salían.
   No creo que en 1955/56 alguien en mi pueblo supiera, excepto yo, que el director de “Jueves de Partagás” era Amaury Pérez, que Jorge Ignacio Vaillant, el que hacía “Conflictos Humanos”, era un cancha en los dramáticos, que Roberto “El Caballo” Miranda dirigía las transmisiones del beisbol y que un tal Joaquín Melgarejo Condall se había inspirado en un programa norteamericano titulado “I love Lucy” para escribir y dirigir “Mi esposo favorito”, una comedia que salía los lunes por el Canal 4 con Rosita Fornés y Armando Bianchi.
   Amaury, Vaillant, El Caballo y Condall se convirtieron en mis referentes. Yo quería ser, como ellos, director.

LOS BIEN TRAJEADOS
   Leyendo la prensa descubrí algo que me interesó: el papel que jugaban las empresas patrocinadoras, a través de sus agencias de publicidad, en la creación y manejo de los programas.

   En diarios y revistas aparecían a menudo unos personajes siempre sonrientes y muy bien trajeados, miembros de la Asociación de Anunciantes de Cuba, de la Asociación de Agencias de Anuncios y de la Asociación Nacional de Profesionales Publicitarios que por lo visto tenían poder, y mucho, sobre las decisiones que se tomaban en la programación de las televisoras.
   Aprendí que las grandes jaboneras como Crusellas, Sabatés y Gravi mantenían sus propios departamentos de propaganda, donde se cocinaban los espacios en los que ellas anunciaban sus productos. Agencias que se mencionaban frecuentemente eran Mercados, Surveys y Publicidad, McCann Erickson de Cuba, la OTPLA, Guastella, Mestre-Conill, Godoy & Godoy...
   Así supe que los publicitarios eran los creadores y/o ejecutores de las políticas de comunicación de quienes realmente tenían la sartén por el mango: los anunciantes que ponían su dinero para que la tele funcionara.

   En la web de la revista Perfiles, del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, aparece un interesante y documentado texto de Reinier Borrego sobre la publicidad comercial en Cuba y el auge que ésta alcanzó en la década de 1950. He seleccionado estos fragmentos:

   "La Isla –que para entonces figuraba entre las naciones punteras del continente, con índices y resultados de competencia a nivel mundial– contaba con una industria publicitaria de casi tres mil empleados organizados en unas 200 agencias entre nacionales y filiales norteamericanas. Solo en La Habana existían más de treinta grandes agencias y la organización de las mismas no difería mucho del modelo norteamericano. En La Rampa, situada en la moderna avenida de 23 en el Vedado, se instalaron las principales agencias de publicidad. Por ello, este lugar fue considerado una “versión criolla” de la céntrica Madison Avenue neoyorkina.
   Entre las agencias publicitarias más importantes de esa etapa destacan la Organización Técnica Publicitaria Latinoamericana (OTPLA); la Mc Cann Erickson de Cuba; Publicidad Guastella, S.A.; Publicidad Borbolla; Publicidad Siboney S.A.; Mestre-Conill y Cía. y Godoy & Godoy Publicidad. Junto a las grandes agencias funcionaban otras más pequeñas –algunas constituidas por una sola persona y conocidas como “hombre-agencia”– encargadas por lo general de la publicidad de negocios y empresas menores. El publicista, principalmente el Ejecutivo de Cuentas, tenía un nivel de vida bastante elevado y constituyó en primer lugar un agente difusor de la imagen que representaban.
   Un hecho de trascendental importancia en el desarrollo de la publicidad en Cuba fue la creación de la Escuela Profesional de Publicidad en 1954, cuyos antecedentes se remontan a la década anterior. La creación de este centro en el cual laboraron importantes figuras de la publicidad, reflejó el desarrollo y la fuerza de la clase publicitaria cubana que de esta manera lograba materializar una de sus principales aspiraciones. La escuela constituyó en lo adelante una pieza fundamental en el perfeccionamiento de la actividad publicitaria. Un editorial de la revista Publicidad, órgano oficial de la escuela, resumía en abril de 1959 la trayectoria de esa institución con las siguientes palabras: 

   Los resultados obtenidos hasta hoy han demostrado que la Escuela Profesional de Publicidad es un centro funcional e integral moderno, orgullo de nuestra clase, que cuenta con un claustro de profesores especializados y con una perspectiva amplia del mundo social y económico contemporáneo".

LA TELEVISIÓN, UNA META PERSONAL
   Allá por 1951, impresionado por las primeras imágenes televisivas que vi, les dije a mis padres que había decidido trabajar en la televisión cuando fuese adulto. Se lo tomaron como una gracieta, como si les hubiese dicho que quería ser presidente de la república o magnate azucarero.

   Cuatro años más tarde, cuando empecé el último curso de mi enseñanza secundaria, llegó el momento de hablar en serio. Una tarde me senté con ellos y les expresé que lo mío era irme para La Habana a probar suerte en la TV. Lo que había sido una ilusión de adolescente se había cimentado como una meta personal.

   Esto les cayó como un puñetazo en un ojo. Costeándome pasajes, matrículas, libros, clases particulares, ropa, etc., mis padres se habían sacrificado durante cinco años para que yo pudiera estudiar bachillerato en el Instituto de Santa Clara.
   Y a partir de ahí, estaban dispuestos a seguir apretándose el cinturón varios años más con tal de verme caminar por el rumbo que consideraban mejor para mí: cursar una carrera universitaria que me garantizara una seguridad económica el día de mañana, a ser posible medicina u odontología.
   Les dije que a mí no me interesaba ser médico o dentista, ni cualquier otra cosa.
   Como era natural, no me hicieron caso. Mis argumentos les entraron por un oído y les salieron al momento por el otro.

   -- Eugenito dice que quiere trabajar en la televisión. Le ha dado ahora por el artistaje.
   -- Pues no sé de dónde le viene eso porque en nuestra familia nunca ha habido artistas. Por no tener, no tenemos ni un tío que toque la guitarra.

 
   Los meses que siguieron fueron un tira y afloja constante de tensiones en mi casa. Completamente desmotivado, la atención que debí prestarle al Instituto se resintió bastante. Dejé de ir a clases, de estudiar, de presentarme a algún examen. Estaba más preocupado en establecerme en la capital, donde podía alcanzar mi quimera televisiva, que de aprobar el quinto curso de Matemáticas, Física o Química. Resultado: tuve que repetir el último año por esas tres asignaturas que, tras haberlas ponchado una y otra vez, se me quedaron de arrastre.
   El curso 55/56 fue avanzando. Me puse en serio para los estudios y terminé el bachillerato. Más por complacer a mis padres que por otra cosa. Yo seguía con la vista fija en la tele, soñando con el día que apareciera en las pantallas un cartel con mi nombre debajo de la palabra “Dirección”. Pero para lograr ese objetivo, el camino se me presentaba lleno de obstáculos, como el de esos laberintos que salían en las secciones de pasatiempos de la prensa.

A 300 KMS. DE RADIOCENTRO
  
Analicemos mi situación. Con 17 años y el título de bachiller en la mano, mis opciones eran quedarme en el pueblo trabajando con mi padre en su agencia de transportes o complacer a mi familia y empezar una carrera universitaria. A cuál de las dos más jodida según mi punto de vista.
   Mis posibilidades reales de entrar en el remoto y ajeno mundo de la televisión eran poquísimas, casi inexistentes. Yo estaba en cero, sin conexión con alguien que trabajara en TV y residía a 300 kilómetros de La Habana, ciudad donde no tenía familiares ni amigos.
   Si hubiese vivido en Luyanó, quizás hubiese bastado montarme un día en una ruta 10, bajarme en el Vedado y pedir trabajo de lo que fuera en Radiocentro, en Mazón y San Miguel o en los estudios de 23 y P. En caso de que me dijeran que no, pues podía insistir, volviendo a la semana siguiente a ver si me ponía dichoso y me decían que sí.

DE PALO PÁ RUMBA 
   Y aquí viene el momento en que mi afición por la lectura me sirvió para desbloquear la situación, cambiando mi destino de palo pá rumba.
   Un buen día, me enteré por el periódico de la convocatoria de la Escuela Profesional de Publicidad que anunciaba el inicio de su nuevo curso. La info decía que la carrera de publicitario, una profesión muy demandada debido al auge que el sector estaba experimentando en Cuba, duraba tres años. Las personas interesadas en formarse allí podían inscribirse de tal día a tal día en la sede de la escuela, situada en el edificio Retiro Odontológico. La matrícula anual costaba 90 pesos y las clases se impartirían en horario nocturno.

   -- Coño –razoné-, si las agencias de publicidad son las que manejan el negocio de la televisión, hacerme publicitario puede abrirme las puertas de CMQ.

   Recorté el anuncio y con él en el bolsillo y la cabeza dándome vueltas, salí como un tiro a hablar con mis padres.



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N    O    T    A    S

(1)   Por aquella época muchos daban por cierto que masturbarse provocaba espinillas entre los adolescentes. La teoría se vino abajo cuando comprobamos que a un pajero incansable como D.S., miembro de nuestra pandillita de amigos, jamás le salieron granos en su cara.

(2)   El detective Dick Tracy usaba un reloj que le permitía comunicarse por radio desde su muñeca. El tipo se adelantó varias décadas al teléfono móvil.

(3)   La imagen de Tarzán en El País la extraje del blog “Memorias de un cubano”, de Carlos Rodríguez.

(4)   Tras el triunfo de la llamada revolución cubana, se hizo una fuerte campaña contra los muñes americanos calificándolos como perversos transmisores de ideología capitalista. Si tan peligrosos eran para los niños, ¿cómo fue posible que al principio de los 40 el diario Hoy, órgano oficlal del Partido Socialista Popular, el que agrupaba a los comunistas cubanos, publicara aquel material "venenoso" que distribuían los consorcios de Estados Unidos?

   Pues porque en aquella época Hitler se comía a Europa y, siguiendo instrucciones de la URSS controlada por Stalin, los ñángaras criollos se olvidaron de sus principios ideológicos y se hicieron uña y carne de los yumas imperialistas.
   Tanto fue así, que el PSP colaboró estrechamente con el primer gobierno de Batista, de clara tendencia derechista. Por entonces, dos de sus más connotados dirigentes, Carlos Rafael Rodríguez y Juan Marinello, fueron ministros. Pero eso es otra historia.

(5)   El arrojo de los empresarios cubanos que apostaron en serio por el nuevo medio audiovisual, el talento de nuestros técnicos, creadores e intérpretes que se volcaron en ella y el apoyo masivo de la población fueron factores fundamentales para el increíble desarrollo que logró la TV cubana en los años 50. La cantidad y calidad de su programación la colocó en el segundo lugar del mundo, detrás de la poderosa industria norteamericana. Mientras los grandes países europeos emitían sólo unas pocas horas diarias o simplemente no tenían TV (en España se inauguró en octubre de 1956), Cuba marcaba el paso en América Latina con tres grandes cadenas que cubrían todas las provincias de la isla y generaban cada día, desde la mañana a la noche, un alto número de programas en vivo: CMQ-TV Canal 6, Televisión Nacional Canal 4 y Telemundo Canal 2.
   La oferta se completaba con emisoras de alcance limitado, dedicadas básicamente a transmitir programas sencillos, series y películas, como las habaneras CMBF TV (Canal 7), Canal 10 y Canal 11. En 1958, Gaspar Pumarejo creó Tele-Color Canal 12, con instalaciones y antena en el recién inaugurado Hotel Habana Hilton. Cuba fue el primer país de habla española que tuvo televisión en colores con programación diaria.
   Otro hito destacable fue la salida al aire en 1959 de Televisión Camagüey, la primera planta que transmitía de manera estable, con programación propia, desde una capital de provincia.

   Como una curiosidad les ofrezco las fechas de las primeras transmisiones regulares de televisión en Latinoamérica:
1950 > México (Agosto 31) / Brasil (Septiembre 18) / Cuba (Octubre 24)
1951 > Argentina (Octubre 17)
1952 > República Dominicana (Agosto 1) / Venezuela (Noviembre 22)
1954 > Puerto Rico (Marzo 28) / Colombia (Junio 13)
1956 > Guatemala (Mayo 15) / Nicaragua (Julio 15) / El Salvador (Septiembre 7) / Uruguay (Diciembre 7)
1958 > Perú (Diciembre 15)
1959 > Ecuador (Agosto 10) / Chile (Agosto 21) / Honduras (Septiembre 15)
1960 > Panamá (Marzo 4) / Costa Rica (Mayo 9)
1965 > Paraguay (Septiembre 29)
1969 > Bolivia (Agosto 30)
1979 > Haití (Diciembre 23)

   Pueden hallar más información sobre la historia de nuestra TV en

“TELEVISIÓN CUBANA: SU CRONOLOGÍA Y SUS DIRECTORES”,
que es la segunda de las piezas que aparecen en la primera página del este blog.

(6)   El escrito de Reinier Borrego lo pueden leer completo  A   Q   U   Í

B    O    N   U    S

   Como ejemplo de lo que se publicaba en las secciones de televisión, incluyo tres notas de esta "Baraúnda" aparecida en la Bohemia del 3 de octubre de 1954.
   El viernes de la semana pasada hubo “correcorre”  en el Departamento de Radio y Televisión de Crusellas, cuando se supo, en horas de la mañana, que Rita Montaner, víctima de la gripe, no podía participar en “Rita y Willy” de ese día. A esa hora (10 a.m.) hubo que confeccionar un libreto con Guillermo Álvarez Guedes, el Willy, como figura central. Los artistas que integraron el reparto recibieron los “scripts” a la 1 de la tarde, ensayaron de 2 a 5 y participaron en la transmisión de 8 a 8:30 de la noche. Para todos fue un tremendo esfuerzo. Empero, la teleaudición cumplió su cometido a cabalidad. Héroes y heroínas del tremendo esfuerzo: el productor-director Reinaldo de Zúñiga, Álvarez Guedes, Xiomara Fernández, Ricardo Dantés, Aida Rodríguez, Gaston Palmer y Carmen Guasch.

   Hasta ahora las telemisoras no han decidido nada sobre la pelota profesional que se avecina. Hubo dos ofertas del Canal 2. La primera por $60.000 para televisar el espectáculo deportivo los días que señalara la Liga de Baseball Profesional, que es la que lo controla, pero ésta la rechazó de plano. La segunda oferta del Canal 2 se elevó a $80.000 y los Barletta hicieron saber su pretensión a la exclusividad. Tampoco fue aceptado el ofrecimiento. Alguien que el viernes de la semana anterior se entrevistó con un alto dirigente de la Liga, supo, por boca de éste, la decisión del organismo: “Si las empresas no nos pagan $180.000 por los derechos a transmitir los juegos, no habrá pelota profesional por televisión este año”. Y como quedó demostrado el año anterior que el espectáculo ya no levanta los “ratings” de antes, tal vez las telemisoras no estén dispuestas a hacer la elevada inversión. 

   La Comisión de Étical Radial y Televisión impuso una suspensión a “Historias apasionantes” por la obra “Noches de ansiedad” que protagonizó Chela Castro. El organismo censor estimó que la danza que interpretó y la escasa vestimenta que lució la protagonista de “La ramera respetuosa”, no eran aptas para la TV.

   Nota del autor del blog:
   Esta última información nos refresca la memoria. Por ella comprobamos que el matrimonio de la censura y la televisión viene de atrás. En todas las épocas, antes y después del 1 de enero del 59, los que mandan han establecido las reglas de lo que debe o no salir por las pantallas. Y me temo que así será hasta el final de los tiempos.

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 La empresa norteamericana Create Space / Amazon ha publicado,
en formato papel, mis dos libros "Pedraza Ginori Memorias Cubanas".
Sus páginas son un compendio de mis experiencias y mis circunstancias, vividas en el mundo de la televisión, los espectáculos, la creación musical,

la radio, la publicidad y la prensa.
Los dos volúmenes recogen, en clave autobiográfica, sucesos, “batallitas”, semblanzas, anécdotas y reflexiones personales.
El Libro 1, “Eugenito quiere televisión”, tiene 342 páginas. 

El Libro 2, "Quietecito no va conmigo", 362 páginas.
Ambos están a la venta en las webs
 www.createspace.com  www.amazon.com  www.amazon.es

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1 comentario:

  1. Acabo de leer todas las crónicas tuyas de cuando eras niño y joven. Amigo Yin, si te digo que también retrataste mi vida en Matanzas, no me lo creerás. Desde niño yo quería ser a veces cantante, a veces actor, a veces escritor, pero por ahí andaba la cosa siempre. Como a ti, nadie me apoyaba. Incluso una vez rogué que me matricularan con una mujer amiga de mi madre que daba clases de guitarra y mi padre se negó rotundamente, diciendo que eso era cosa de homosexuales. Imagínate cuando comencé con La Seña del Humor, al inicio él le decía a todo el mundo aunque no quisieran escucharlo, que yo me metí en teatro no por gay, sino porque lo usaba para "ligar" muchas mujeres. Bueno, eso de los muñequitos también me pasó. Mi sentido del humor se formó ahí, con Las Urracas, El Pájaro Loco, etc.. Y lo de ir a La Habana, acompañado a mi padre, era igual a lo que describes, incluyendo la típica foto en el Capitolio. Bueno, no me extiendo más, solo te confieso que me traje a Chile en 1993, mi colección de libros de humor y uno de ellos son las estampas de Eladio Secades. Un abrazo y gracias por tus memorias. Sé que como yo, habrá más de un guajirito identificado. Un abrazo!

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