Durante tres años y medio, desde el 2 de mayo de 1962 al 31 de octubre del 65, fui integrante del grupo Teatro Musical de La Habana, un proyecto que encabezó el mexicano Alfonso Arau.
La
vinculación con Cuba de Alfonso Arau se remonta a sus primeras
visitas a La Habana, a finales de los años 50, contratado por CMBF Televisión Canal
4 para actuar en los programas de variedades que se transmitían desde Mazón y
San Miguel. Por entonces, él y su compatriota Sergio Corona formaban un dúo de
comediantes (Corona y Arau), cuyas rutinas de chistes, canto, baile y pantomima
gustaron en la isla, donde también se presentaron en cabarets.
Si yo,
que trabajé varios años con Arau como su asistente de dirección, tuviera que
definirlo en una frase diría que era un personaje listo y vivaz con una gran
capacidad de seducción, capaz de venderle una trompa de repuesto a un elefante. Probablemente fue en 1959 que él, como tantos otros
intelectuales y artistas latinoamericanos, se sintió atraído por la revolución
cubana y, al ver que se abrían en la isla grandes posibilidades de desarrollo en el campo de
la cultura, decidió quedarse a vivir en La Habana.
Sus simpatías por el proceso que lideraba
Fidel Castro lo llevaron a inscribirse en las Milicias Nacionales
Revolucionarias.
En los primeros años 60 tuvo su propia hora semanal de variedades (“El show de Arau”, domingos, Canal 4), un espacio realmente innovador que
resultó un soplo de aire fresco en la tele cubana. El programa tuvo su versión
radial, que tuve la oportunidad de dirigir. Se transmitía en directo por Radio
Progreso dos veces por semana, con público en el estudio teatro de la emisora.
CONJUNTO NACIONAL DE ENTRETENIMIENTO
Además de presentarse en radio y televisión,
Arau impulsó una ambiciosa iniciativa: establecer en La
Habana un conjunto artístico estable dedicado a fomentar y
representar todas las variantes del teatro musical.
A principios de 1962, cuando trabajábamos juntos
en Progreso, ya su proyecto teatral estaba en marcha con el respaldo del Consejo Nacional de Cultura. Él me invitó a incorporarme a su grupo como asistente de
dirección. Aunque ya estaba dirigiendo programas en una cadena nacional
importante, yo era un simple pueblerino llegado del interior dispuesto a abrirme
camino en el mundo artístico, un muchacho con muchas ganas, pero con pocos
conocimientos teóricos y menos experiencias prácticas. Yo era muy consciente de lo que
carecía, oficio y sabiduría, y de que podría adquirir ambas cosas integrándome
en el ilusionante proyecto del mexicano, que incluía la posibilidad de recibir clases impartidas por destacados
especialistas en disciplinas artísticas. Consideré
que la oferta era muy ventajosa para mí y la acepté, marchándome de Radio Progreso.























