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viernes, 3 de julio de 2020

SIMÓN ESCOBAR, MI MEJOR AMIGO

  Una noche de 1958, siendo yo alumno de la Escuela Profesional de Publicidad, que estaba en el edificio del Retiro Odontológico, sorprendí a un desconocido conversando con una novia que yo tenía. De primera y pata, a cierta distancia, mientras me acercaba a ellos, me pareció que le estaba disparando. Ella me lo presentó, diciendo que era su condiscípulo. De esa manera, un poco peculiar, comenzó mi relación con Simón Escobar Corzo.

  Aquella noche descubrimos que teníamos algo en común, una experiencia que nos unía: ambos habíamos nacido y criado en pueblos de campo, él en Quemado de Güines y yo en Esperanza, que era como si fuéramos del mismo sitio porque, por entonces, los pueblecitos de Las Villas se parecían tanto que no se podían distinguir uno del otro.
  Pocas semanas después de aquella primera vez, ya Simón se había convertido en mi mejor amigo. En los 60 y 70, decenios en que él y yo encontramos nuestro lugar en el mundo y cumplimos algunos de nuestros sueños, se cimentó nuestra amistad. En La Habana que estábamos conquistando, corrimos mil aventuras.

  Simón, como yo, estuvo en el Teatro Musical y en la televisión, y allí desarrolló un talento natural que tenía para la mímica y la comicidad. Yo lo alentaba en esa faceta, seguro de que llegaría muy alto.
  En 1966 lo incluí en el elenco de mi primer gran espectáculo teatral: “Un peso de música”, que abarrotó el Mella. Sus sketchs de pantomimas humorísticas (a dúo con Fidelina), concebidos como transición para preparar el escenario entre una variedad y la siguiente, gustaron tanto al público que se convirtieron en una de las más aplaudidas atracciones de unos shows que contaban con Los Meme, la Burke, Luisa María Güell, Bola de Nieve, Marta Strada y otras estrellas que estaban el top de la popularidad.
  Pese a los éxitos que iba teniendo en su incipiente carrera de mimo, Simón la cortó cuando aprovechó una oportunidad que se le presentó y entró a trabajar en la Sección Fílmica del ICRT como director de documentales. Fueron numerosos los filmes en que su mano maestra estuvo presente. En los años 80, ocupados como estábamos, nos veíamos poco. Pero nuestra amistad se mantuvo firme, porque Simón es ese socio que todos queremos tener, ese al que le puedes pedir o hacer un favor y le confiesas un secreto. Ese con quien compartes un momento difícil, sabiendo que no te va a fallar, que está ahí para lo que haga falta, sin excusas ni pretextos.

  Un día, mi amigo se empató con una chica europea que trabajaba en Varadero y la cosa fue en serio. Tan en serio fue que terminó con Simón viviendo en Suiza por el resto de su vida.
  Pasaron muchos años sin que él y yo contactáramos. Era la época en que si uno se iba de Cuba, se iba para todos los que quedaban atrás, excepto para la familia más cercana.
  A principios de los 90, yo también le vendí el cajetín a nuestra isla, cuyo aire se me había vuelto irrespirable a causa de una revolución frustrada que no se parecía en nada a la utopía que nos habían prometido. Y desde que puse un pie en España, una de mis asignaturas pendientes fue dar con el paradero de mi amigo Simón.
  Muchas veces busqué su nombre en Internet sin resultado alguno. Hasta un día en que descubrí una noticia que hablaba de una exposición de fotografías suyas que se había presentado en Suiza. Tiré del hilo y, al fin, el hombre apareció. Y apareció convertido en un fotógrafo tremendo, en alguien con una sensibilidad especial para captar la realidad y convertirla en una obra de arte.
  Acompañando a este texto, me satisface presentar algunas de sus fotos. Me gustan mucho, especialmente las que reflejan la vida de los quemadenses, su gente, que podría ser la vida de los esperanceños, mi gente.
  Aunque tenemos contacto frecuente vía Facebook, hace más de 30 años que Simón Escobar y yo no nos vemos. Es mucho, demasiado diría yo. Ya ambos estamos montados en los ochenta y se nos acorta el tiempo para ese reencuentro que tenemos programado y que varias veces se ha frustrado por H o por B.
  Mientras llega el momento de darle el abrazo grande y real que le tengo reservado, le envío uno grande y virtual y le escribo estas líneas para que sepa, allá en su casa de las montañas suizas, algo que nunca le he confesado: que lo considero el mejor amigo que tuve en la vida.


Aprendiendo a tocar la tumba
Fotógrafo: Simón Escobar


Rumbo a la boda
 Fotógrafo: Simón Escobar


Conjunto Folclórico
Fotógrafo: Simón Escobar



La dama de blanco
Fotógrafo: Simón Escobar
 

Estampa habanera
Fotógrafo: Simón Escobar

El implacable tiempo
 Fotógrafo: Simón Escobar

La boda
Fotógrafo: Simón Escobar
 
Rolos
Fotógrafo: Simón Escobar
 
A la sombrita
Fotógrafo: Simón Escobar
 
La pandilla del parque
 Fotógrafo: Simón Escobar

Transportistas
 Fotógrafo: Simón Escobar

Antes de asarlo
Fotógrafo: Simón Escobar

La valla
Fotógrafo: Simón Escobar


Purrungo
Fotógrafo: Simón Escobar



Amigos
 Fotógrafo: Simón Escobar
 

Un minuto antes de posar
Fotógrafo: Simón Escobar

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Para ver más obras de Simón, visitar su muro: 

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