Pregúntele usted a la música cubana, esa señorona tan suya,
y ella le dirá que él siempre estuvo ahí. Vengan shows, vengan grabaciones,
vengan festivales y él ahí.
En sus comienzos, el musiquito de Caimito del Guayabal que tocaba la trompeta
en los conjuntos que amenizaban los bailes de la zona y se vestía de charro
para actuar con el mariachi Los Rancheros.
Y antes de eso, después y siempre ahí, estudiando y superándose en cuanto
conservatorio se le puso por delante.
Ahí, fajado con la armonía, la orquestación y la dirección hasta que les
desentrañó los secretos y se pudo parar ante los musicazos que había en Cuba y
que lo respetaran, porque el hombre, además de un criollo de fácil acceso y
simpatía natural, le sabía un montón a eso de tener una batuta en la mano.
Tony, caray, tú ahí. Vengan comedias musicales, bandas sonoras para películas y
dibujos animados, vengan concursos y espectáculos internacionales, vengan
jurados, vengan de afuera intérpretes polacos y húngaros de nombres
impronunciables a cantar en los Varaderos o en el Carlos Marx y tú ahí,
tranquilo y eficiente, resolviéndoles el problema.
Vengan Sopot, Orfeo de Oro, Lira de Bratislava y Viña del Mar. Vengan aquellos
Guzmanes legendarios con canciones que requerían instrumentaciones complicadas
y tú ahí, escribiéndolas como si tal cosa, repartiéndolas en los atriles para
que cantantes e instrumentistas llevaran carta de que el mariachi guajiro se
había convertido a base de talento, esfuerzo y buen gusto en uno de los grandes
arreglistas en el país en que los mejores arreglistas se daban silvestres.