PREÁMBULO
Con pocas, poquísimas excepciones de carácter puntual, una de las características generales que se pueden atribuir a los dirigentes que han mandado en el Instituto Cubano de Radio y Televisión y a quienes les han orientado desde elevadas instancias del aparato ideológico, es su absoluta incapacidad para manejar con inteligencia una herramienta tan compleja e influyente como la televisión.
Dedicados en cuerpo y alma, a tiempo completo, a cumplir órdenes sin rechistar, les ha faltado audacia, brío y coraje (léase huevos) y, sobre todo, previsión para adelantarse a los acontecimientos antes de que estos les estallen en la cara. Han sido los campeones del ir a remolque de la realidad.
Ya que lo de Internet está por ver, la tv es el más poderoso medio inventado hasta ahora para influir en las masas y, bien usada, puede desde vender condones con sabor a mango hasta evitar o resolver problemas sociales.
Pero esta verdad, que se da el primer día de clases en cualquier curso de comunicación, no se les metía en el coco a nuestros jefes del ICRT. Actuaban como si no supieran qué hacer con aquel medio de comunicación que el azar puso en su camino y que se les iba de las manos cada dos por tres.
Utilizando como metáfora una escena recurrente de las películas de vaqueros, un dirigente de la tele cubana era -y por lo que me cuentan sigue siendo- ese conductor de diligencia que no controla a los caballos que se le han desbocado y cuyo carruaje va dando tumbos, a punto de volcar en cualquier momento.
Ejemplos sobran: las políticas represivas aplicadas a determinados movimientos culturales, el manto de silencio tendido sobre cualquier tema que pareciera problemático, la manipulación como sistema, el autoaislamiento que llevó a desaprovechar los contactos con televisiones extranjeras, las campañas para lograr que los jóvenes se pelaran y se vistieran de determinada forma, las persecuciones a los homosexuales, el pánico a la palabra cultura, la sumisión como principal elemento de valoración a la hora de seleccionar quién se haría cargo de un programa o departamento, el torpe manejo personal y artístico del talento humano a su servicio, en fin… Cada política instrumentada y aplicada desde mediados de los 60 en adelante ha tenido como resultado el fracaso.
Todavía a día de hoy, andan sin saber qué hacer, qué papel puede y debe jugar la televisión, ante fenómenos como el reggaeton o el rap (que consideran negativos en sí mismos, como décadas antes lo hicieron con el rock), el auge del machismo, la guapería y la chusmería, la descojonación de los valores humanos, la transformación del habla popular en un nuevo “idioma vernáculo” que desde la marginalidad invade todo el cuerpo social, etc.
TRES GRANDES CATEGORÍAS
En el ICRT de mi época (mediados de los 60 a principios de los 90) hubo dirigentes que no desencadenaban debates entre nosotros, sus subordinados. Todos estábamos de acuerdo en que eran un desastre, sujetos dóciles cuyo principal preocupación no eran la radio o la televisión sino evitar que sus superiores les dieran un cocotazo como reprimenda o les pusieran una mancha en el expediente.
Las diferencias de opinión que dentro de la masa de empleados generaban estos personajes se limitaban a dónde ubicarlos, en cuál de las tres grandes categorías que se manejaban por los pasillos: hijoeputas, incompetentes y anodinos útiles. Cada una de ellas con sus subdivisiones y niveles. Por tanto, había poco que discutir sobre ellos.
Sin embargo, a veces y siempre como rareza, nos topábamos en nuestro quehacer diario con algún jefe singular, de actuación irregular, que dejaba una imagen bien distinta en cada uno de nosotros, dependiendo de cómo nos había ido en nuestro trato con él. Éstos sí generaban discusiones.
UN DIRIGENTE PECULIAR
Juanito Hernández fue uno de los directivos de nivel medio –¡ojo!: que en ocasiones llegó a jugar en grandes ligas- que más controversia provocó en Radiocentro. Acaso sea el que más polémica desató. Y aún, tras años de su fallecimiento, la sigue desatando. Si lo quiere comprobar, mencione su nombre en una reunión de antiguos empleados del ICRT. Ya verá el guirigay que se arma.
Con pocas, poquísimas excepciones de carácter puntual, una de las características generales que se pueden atribuir a los dirigentes que han mandado en el Instituto Cubano de Radio y Televisión y a quienes les han orientado desde elevadas instancias del aparato ideológico, es su absoluta incapacidad para manejar con inteligencia una herramienta tan compleja e influyente como la televisión.
Dedicados en cuerpo y alma, a tiempo completo, a cumplir órdenes sin rechistar, les ha faltado audacia, brío y coraje (léase huevos) y, sobre todo, previsión para adelantarse a los acontecimientos antes de que estos les estallen en la cara. Han sido los campeones del ir a remolque de la realidad.
Ya que lo de Internet está por ver, la tv es el más poderoso medio inventado hasta ahora para influir en las masas y, bien usada, puede desde vender condones con sabor a mango hasta evitar o resolver problemas sociales.
Pero esta verdad, que se da el primer día de clases en cualquier curso de comunicación, no se les metía en el coco a nuestros jefes del ICRT. Actuaban como si no supieran qué hacer con aquel medio de comunicación que el azar puso en su camino y que se les iba de las manos cada dos por tres.
Utilizando como metáfora una escena recurrente de las películas de vaqueros, un dirigente de la tele cubana era -y por lo que me cuentan sigue siendo- ese conductor de diligencia que no controla a los caballos que se le han desbocado y cuyo carruaje va dando tumbos, a punto de volcar en cualquier momento.
Ejemplos sobran: las políticas represivas aplicadas a determinados movimientos culturales, el manto de silencio tendido sobre cualquier tema que pareciera problemático, la manipulación como sistema, el autoaislamiento que llevó a desaprovechar los contactos con televisiones extranjeras, las campañas para lograr que los jóvenes se pelaran y se vistieran de determinada forma, las persecuciones a los homosexuales, el pánico a la palabra cultura, la sumisión como principal elemento de valoración a la hora de seleccionar quién se haría cargo de un programa o departamento, el torpe manejo personal y artístico del talento humano a su servicio, en fin… Cada política instrumentada y aplicada desde mediados de los 60 en adelante ha tenido como resultado el fracaso.
Todavía a día de hoy, andan sin saber qué hacer, qué papel puede y debe jugar la televisión, ante fenómenos como el reggaeton o el rap (que consideran negativos en sí mismos, como décadas antes lo hicieron con el rock), el auge del machismo, la guapería y la chusmería, la descojonación de los valores humanos, la transformación del habla popular en un nuevo “idioma vernáculo” que desde la marginalidad invade todo el cuerpo social, etc.
TRES GRANDES CATEGORÍAS
En el ICRT de mi época (mediados de los 60 a principios de los 90) hubo dirigentes que no desencadenaban debates entre nosotros, sus subordinados. Todos estábamos de acuerdo en que eran un desastre, sujetos dóciles cuyo principal preocupación no eran la radio o la televisión sino evitar que sus superiores les dieran un cocotazo como reprimenda o les pusieran una mancha en el expediente.
Las diferencias de opinión que dentro de la masa de empleados generaban estos personajes se limitaban a dónde ubicarlos, en cuál de las tres grandes categorías que se manejaban por los pasillos: hijoeputas, incompetentes y anodinos útiles. Cada una de ellas con sus subdivisiones y niveles. Por tanto, había poco que discutir sobre ellos.
Sin embargo, a veces y siempre como rareza, nos topábamos en nuestro quehacer diario con algún jefe singular, de actuación irregular, que dejaba una imagen bien distinta en cada uno de nosotros, dependiendo de cómo nos había ido en nuestro trato con él. Éstos sí generaban discusiones.
UN DIRIGENTE PECULIAR
Juanito Hernández fue uno de los directivos de nivel medio –¡ojo!: que en ocasiones llegó a jugar en grandes ligas- que más controversia provocó en Radiocentro. Acaso sea el que más polémica desató. Y aún, tras años de su fallecimiento, la sigue desatando. Si lo quiere comprobar, mencione su nombre en una reunión de antiguos empleados del ICRT. Ya verá el guirigay que se arma.


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